Si no hacemos la primera parte de la penitencia (examen de conciencia), nos pasamos toda la vida repitiendo los mismos errores / quizá pecados.
"Si no hacéis penitencia, todos pereceréis" Lc 13,3.
Se llama “penitencia” tanto a:
El sacramento
Los actos que hacemos para pagar por nuestros pecados pasados ya perdonados, para “satisfacer” por la “pena temporal” debida.
Aquí hablamos del sacramento, que es lo que nos manda Dios cuando nos dice “en que no haga penitencia, morirá”. (Mal podemos hacer “actos que sirvan como penitencia” si antes no hemos hecho los pasos anteriores indicados aquí).
La penitencia es imprescindible en la vida, porque su primera parte, el examen de conciencia, nos sirve para detectar y corregir lo que estamos haciendo mal. Si no hacemos examen de conciencia, vivimos como máquinas, repitiendo nuestro comportamiento (mezcla de virtudes y vicios), sin avanzar en nuestra santificación (y quizá incluso profundizando en nuestros pecados).
En los negocios periódicamente se hace balance contable, para ser más conscientes de su estado. En los negocios bien gestionados se hacen auto-evaluaciones ("post-mortem", kaizen u otros nombres), de lo que se ha hecho bien y de lo que se ha hecho de forma mejorable (y por qué). Hay quien puede objetar: "¿para qué perder el tiempo en hacer balance, reuniones,... "dar vueltas" al pasado? Miremos para adelante". La respuesta es: ese tiempo no es improductivo, y a veces más que seguir trabajando.
Cuando pecamos hacemos dos cosas:
Desobedecer a Dios
Incumplir nuestros deberes con el prójimo
Por tanto, para limpiar nuestros pecados debemos:
Pedir a Dios que nos borre el castigo espiritual merecido por faltarle a Él.
Restituir al prójimo por el daño que le hemos hecho.
Lo primero lo obtenemos por un acto de contrición (por el que aborrecemos haber pecado y así haber dejado de amar a Dios en ese acto). Dicho acto debe ir acompañado del compromiso de confesar dicho pecado, en cuanto podamos, a un cura. (Ahora es imposible, por la situación de la Iglesia. Quedan muy pocos curas (verdaderos) muy viejos. En caso de conseguir encontrar a uno, basta la atrición (arrepentimiento del pecado por miedo al castigo del infierno).
Lo segundo es uno de los requisitos para que la confesión sea válida.
Hay quien puede decir: “¿En qué he dañado yo al prójimo en tal pecado solitario? (pecado de gula, por ejemplo)”. Pues en que por ese pecado probablemente ha comido demasiado y luego no ha estado disponible para hacer la voluntad de Dios, sino para reponerse de la comilona.
Hay quien dice también: “Cuando llevaba una vida de pecado no era consciente de la mala vida que llevaba, por eso me he convertido, por eso quiero reconciliarme con Dios”. Y añade, dado que no era consciente de que lo que hacía era pecado, pues no tengo que confesarme de ello.
Lo que ocurre es que siempre tenemos algo (o todo) de ignorancia culpable, pues nuestra vida pasada no ha sido una completa esclavitud 100%, sino que hemos tenido nuestra libertad. Decir que estamos exentos de ignorancia culpable es como decir que hemos sido 100% resultado, consecuencia, víctimas pasivas de nuestro entorno; que en absolutamente todos nuestros actos no hemos tenido ninguna responsabilidad. Esto lo admitirá un juez de un niño sin uso de razón, pero a partir de cierta edad,... Además, de lo que hemos hecho bien, bien nos acordamos de atribuírnoslo, eso sí que decimos y repetimos que lo hicimos libremente.
Es decir, al confesar lo que hicimos mal por ignorancia, realmente estamos confesando la ignorancia culpable de ello. Y la gravedad de la ignorancia culpable es exactamente igual que la del hecho cometido con pleno conocimiento, pues tenemos obligación (y es lo razonable), de conocer las leyes en orden de importancia, de gravedad si no cumplimos con ella, por la cuenta que nos trae.
Todos, cuando nos confesamos, detestamos los pecados pasados. Sino, no iríamos a confesarnos. Además, es uno de los requistos, pasos, de la confesión válida: el dolor de corazón.
S. Agustín, S. Pablo, y todos, llevaban malas vidas antes de convertirse. Por eso se convirtieron, porque vieron la verdad. Vieron con ojos claros la mala vida que habían vivido.
Y no basta con verlo, hay que decírselo al cura (o hacer contrición).
Es un sacramento por el que Dios nos perdona (borra la culpa y la pena eterna en los pecados mortales). Pero no suele borrar la pena temporal. En el Bautismo si se borra la pena temporal.
En estos tiempos que no disponemos de curas, podemos seguir estas recomendaciones que el rvdo. Demaris dirigió a los fieles en tiempos de la revolución francesa (en que los cristianos fueron abiertamente perseguidos y tampoco había curas).
Cuando Dios nos perdona nuestros pecados, ese acto es mucho mayor y digno de gloria que la creación de cielos y tierra, que son cosas finitas. El pecado es algo infinito porque se opone a algo infinito, que es Dios.
"expongan los penitentes en la confesión todas las culpas mortales de que se acuerden, después de un diligente examen, aun cuando sean absolutamente ocultas, y sólo cometidas contra los dos últimos preceptos del decálogo, pues algunas veces dañan éstas más gravemente el alma, y son más peligrosas que las cometidas externamente". Catecismo de Trento
La confesión también sirve para ejercitar la humildad (reconocer la realidad) y librarnos de obsesiones de culpa (que les encantan a los demonios que nos acechan).
Hacer un cuidadoso examen de nuestros pecados desde la última confesión.
Arrepentirnos, sentir pesar por haberlos cometido.
Hacer propósito de no repetirlos.
Decir los pecados al confesor.
Restituir lo dañado y cumplir la penitencia, el castigo, la reparación del daño que el cura nos diga ("la satisfacción"). (Debemos restituir siempre que hemos dañado a otro con nuestro pecado, “pecados contra la justicia”: robo, escándalo, maledicencia,...)
Recibir la absolución.
(Los sermones del santo cura de Ars son fabulosos, aunque sólo para valientes). (Se encuentran en apostoladomariano.com, sección “grandes maestros”. A precios módicos o descargables en PDF).
¿Qué hacía el santo Job sentado en el estercolero todo lleno de llagas? Hacía examen de conciencia. Se decía: ¿en qué he pecado para que Dios me haya enviado estos males? (recordemos que siendo muy rico, perdió todas sus posesiones de la noche a la mañana, incluso a sus hijos y era despreciado por todos y objeto de escarnio por su mujer. Libro de Job, cap. I)
Porque sabía que:
podemos haber pecado gravemente y no recordarlo o no saber que era pecado mortal.
los males nos llegan como castigo / consecuencia por nuestros pecados (conduzco bebido y recibo multa) o como prueba / purificación (sin haber cometido falta) para ayudarnos a avanzar en nuestra santificación.
Como santo, no caía en el orgullo de creerse perfecto, de estar seguro que lo que recibía era para su purificación, sino que estaba seguro que era por algún pecado pero no recordaba cuál. Esa era su gran tribulación, pues amaba a Dios sobre todas las cosas, como santo. (Todos estamos llamados a la santidad, otra cosa es que hagamos oídos sordos).
(Pecamos de pensamiento, palabra, obra y omisión. Los deseos son un tipo de pensamientos, mirar, escuchar o tocar lo que no debemos también es pecado).
Hay algunos de nuestros pecados que los vemos pero hay otros que no. Algunos de nuestros pecados (orgullo, ignorancia culpable,...) nos ciegan literalmente y no vemos nuestra realidad: podemos ver la realidad en los demás pero no en nosotros. (Vemos “la paja en el ojo ajeno pero no la viga en nuestro ojo”, como dice la Biblia). También podemos no verlos porque estamos habituados a ellos, o porque no nos reservamos tiempo a buscarlos.
Como ayuda para hacernos conscientes de nuestros pecados, está todo lo que sigue.
Trucos para conseguir vernos:
Pedir la ayuda del Espíritu Santo con la oración “Veni Creator Spiritus”
Observarnos. Atentos a lo que nos altera quitándonos la paz, pues ahí hay un pecado. Si me altera que la vecina salga a tender la ropa,...
Estudiar, descubrir lo que es pecado, entender bien todo lo que ordena o prohíbe cada mandamiento (con el Catecismo de Trento, por ejemplo, no con los textos posteriores a 1958 de la secta conciliar, claro. Con los sermones del santo cura de Ars).
Conocer nuestro tipo de personalidad (colérico, sanguíneo, melancólico o flemático) con su pecado habitual (ira del colérico, pereza del flemático, mentira del flemático y sanguíneo, tristeza del melancólico,...). Nuestra constitución corporal (altura y peso), el momento de nuestro nacimiento, el clima donde vivimos, también nos harán tender a unos pecados más que a otros.
Repasar los 7 pecados capitales, (en la “tabla resumen” junto a los 7 dones del Espíritu Santo), para ver en cuáles caemos.
Será muy normal que hayamos recaído en pecados que hemos cometido largo tiempo.
Pedirle a alguien que nos conozca que nos diga nuestros pecados.
Imaginar de qué pecados nos acusaría la gente que nos conoce. Esto no será 100% exacto, pues cada uno de ellos teñirá con sus pecados lo que ve en nosotros. Lo que vale siempre es imaginar, investigar, cómo Dios nos ve.
Hacer hincapié en los pecados de omisión y en los pecados de pensamiento (pues son más frecuentes que los materiales, ya que no solemos ir agrediendo con los puños pero sí con la palabra y mucho más con el pensamiento).
Reconocer que muchas de las razones que nos damos para no cumplir con nuestro deber (nuestras “debilidades”, nuestras ”necesidades”,...) no son más que excusas, mentiras que nos inspira un ángel malo.
Repasar las cosas que nos impiden estar al 100% en nuestra vida, pues quizá son consecuencia de nuestros pecados. P. ej.: el que bebe demasiado y por ello no está al 100% debe darse cuenta que bebe demasiado.
Hacer examen de conciencia cada día, no dejar tiempo entre ellos.
De vez en cuando, incluir en el examen de conciencia, no sólo lo que hemos hecho (pasado), sino lo que estamos haciendo o planeamos hacer (presente, futuro), en aspectos muy básicos de nuestra vida (conceptos básicos, acciones,...): ¿no estaré equivocado en cosas básicas?, ¿estoy dedicándome a lo que Dios quiere de mi ahora?, si me pongo en el momento de mi muerte, ¿hay algo de lo que me arrepentiré por no haber hecho?
Repasar por tipo de pecado:
Pecados hacia Dios: falta de amor a Dios por encima de todo, de confianza o resignación, resistencias a la gracia. ¿Obro para honrar y dar gloria a Dios o para mis intereses personales? Dios es la Verdad. ¿Cuánta verdad soy capaz de aceptar y cuántas mentiras acepto, con cuántas contradicciones vivo, cuántas cosas no quiero saber; todas estas limitaciones producidas por intereses mundanos? ¿Soy libre de seguir a Dios, a la Verdad, o soy esclavo de mis mentiras, de mis omisiones, de mis pecados pasadas que no quiero ni ver para no tener que confesarme de ellos y, por tanto, repararlos? ¿pongo mis alegrías y tristezas en criaturas o en servir a Dios?
Pecados hacia el prójimo (no amar al prójimo, o no amarle por amor a Dios): falta de disponibilidad, de obediencia, cabezonería, dureza, crueldad, desprecio, frialdad, odio, celos, injurias, no perdón de las injurias, calumnias, maledicencias, falso testimonio, violencia, mentira, mal ejemplo, incitación al mal, escándalo, injusticia, daños a la reputación o los bienes, deudas, robo, incumplimiento de los deberes con la Patria, de los deberes a la sociedad. ¿Trato a los demás maquinalmente, con prisa, o con amor?
Preguntar lo siguiente puede parecer increíble en algunos países, pero: ¿amo a mis padres? ¿amo a mis hijos? Todos los santos siempre han recomendado empezar a amar a los más cercanos: sinceramente, además de todos los de mi familia, ¿amo a los que trato más? (compañeros de trabajo, de estudio, vecinos, maestros, alumnos, pacientes, clientes, proveedores,...). A menudo nos engañamos y decimos “pues claro que quiero a mi madre” mientras por dentro nos hierve la sangre de recordarla y nos ponemos todo tensos y enfadados. Miremos cómo nos sentimos (el cuerpo), porque él nos dice la verdad.
Pecados hacia uno mismo: no santificación, no extirpación de mi pecado principal, no práctica de mi virtud dominante, no simplicidad, no generosidad, orgullo, vanidad, avaricia, sensualidad en deseos, miradas, lecturas, palabras, actos; intemperancia, gula, pereza, inmortificación, cólera, impaciencia, falta de cumplimiento de mis deberes de estado. ¿Hago las cosas a regañadientes? Si es así, no me sirven de mérito. El mérito es proporcional al amor que ponemos en las obras, no en su dificultad.
El orgullo (que es la fuente de todos los pecados), nos ciega y nos hace olvidar que:
Para poder hacer una penitencia verdadera, hemos de:
identificar nuestros pecados de forma concreta, llamando las cosas por su nombre.
tener en cuenta nuestros pecados internos, de pensamiento y los externos (de palabra, obra u omisión). Aunque unos sean en un caso consecuencia de los otros, son pecados distintos, que se acumulan.
reparar el daño (aparte de la pena temporal que hemos de pagar).
hacer un plan concreto para no recaer en el pecado. Es decir, hacer un plan como resultado de nuestro propósito de enmienda. Propósito de enmienda genérico sin concretar en hechos, será fácil que lo derribe la primera ocasión.
Es decir, si nos hemos dejado llevar por la ira y hemos roto un plato en casa de un amigo, indicando lo que queríamos hacer con su cara pero no nos atrevemos, hemos de reconocer: ira en nuestro interior, violencia de pensamiento contra nuestro amigo, violencia contra el plato, hemos de pagar el plato y hemos de idear una manera de conseguir que no vuelva a ocurrir (poniéndonos un papel pegado en la taza del desayuno para que nos recuerde cada día que debemos ver el lado de Hijo de Dios que tiene nuestro amigo).
Si nos quedamos en remordimientos vagos ("tengo mal carácter", "me dejo llevar por la ira",...) y vagos propósitos de enmienda ("voy a portarme mejor", "voy a ir con más cuidado",...),...
Hay por internet “listas de pecados” que nos pueden servir de recordatorio. (Conviene elegir los más antiguos posibles, como éste).
577. En primer lugar ha de reprimir la soberbia de algunos que con varias excusas procuran defender o disminuir sus pecados. Porque, por ejemplo, confesándose uno de que se dejó llevar demasiado de la ira, luego echa a otro la culpa de esta irritación quejándose de que fue primero injuriado por él. Debe ser, pues, amonestado éste, que esta disculpa es señal de un ánimo altivo, y de un hombre que, o desprecia o ignora enteramente la gravedad de su pecado; y que más sirven semejantes excusas para aumentarle que para disminuirle. Porque quien así se empeña en defender su modo de obrar, demuestra que será sufrido cuando no le agravien, lo cual a la verdad no hay cosa más indigna de un hombre cristiano. Porque debiendo sentir en gran manera la suerte del que le hizo la injuria, con todo, nada se conmueve por la malignidad de aquel pecado, y se enoja contra su prójimo; y presentándosele una muy bella ocasión para poder servir a Dios con paciencia, y corregir a su prójimo con su mansedumbre, convierte en su propio daño lo que era materia de su salvación.
Repasar los 10 mandamientos.
Ver lo dicho sobre la ira, la tristeza, el quejarse, en martin13.com.
Y lo dicho en ésta sobre el orgullo en este otro artículo, para descubrirlo.
Hubo un conquistador español por norteamérica que fue acusado de crueldad. Como castigo se le hizo trabajar como inspector de minas, (quizá) justamente para que se dedicara a denunciar las crueldades que viera.
“Juan de Oñate se dedicó el resto de su vida a que la Corona le rehabilitara de las condenas por dureza excesiva con sus hombres y crueldad con los indios. Murió, ya anciano, en 1630, cuando ejercía el cargo de inspector de las Reales Minas.” Fuente: ABC.
Este es un ejemplo de buena penitencia: aquella que aparte de ser penosa le sirve al penitente para aprender y arrepentirse más de su pecado.
Cuando hacemos cosas "sin saldar cuentas" (compramos un BMW y no pagamos la factura), vamos acumulando "deudas", vamos "arrastrando" cosas "pendientes". Ello nos dificulta la acción presente. Por ejemplo, el mentiroso tiene que ocuparse de recordar cómo mintió a cada uno y así no tiene tiempo para hacer nada más, o el que tiene deudas con los vecinos tiene que seguir un camino tortuoso esquivando las casas de sus acreedores cuando sale o entra de casa.
Benditas monjas que sufren persecución en España (junio 2024) por seguir a Dios. Acabo de publicar unos libros muy interesantes sobre el cielo y el ángel de la guarda, de sacerdotes de principios del siglo XX. Tienen reseñas de los mismos en esta página de mi otra web |
Rezar el Rosario (mejor en latín) es el principal recurso que nos queda.
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